¡NORMAS LAS PONGO YO!.
Deambulo en mi habitación como una loca.
Veo a mi triste sombra seguir mis pasos.
La sorprendo besandome el tobillo. Y por un momento, me río de mi misma mientras continúo mis pasos sin sentido.

CORTE LIMPIO.
Verte desnudo es comprender el hueco de mis manos.
Tú decías que suspiraba y sin embargo lo que quería era retener tu aroma. No hay nada más sublime que mirar a un hombre dormido. Tu piel, luna reflejada en el agua. Y me asusta pensar que despertarás como quien raya el agua con un cristal, que un día te irás.
Es mejor un corte limpio que desvanezca mis sueños, mi deseo de estar a tu lado siempre y contarte cosas como ésta, he inundar tu piel de poesía.
Pues eres tú, un corte limpio, una raya en el agua, si es que el agua es razón de la existencia.

VIVE LA VIDA.
Llámame, voy a volver contigo, recorriendo despacio las calles que no existen cuando tu no me llamas, caminando por ti a través de esta ansiedad pequeñita que me recorre por el cuerpo. Llámame, son apenas las ocho, apenas una leve sonoridad de vida regresa a las aceras, se confunde en la prisa de los adolescentes, precipita su paso por las ultimas tiendas, abre su colorido metálico y humano de parejas en coches abrazadas, extraños que se miran bajo la carpa incierta del deseo, bajo luces artificiales de árboles decorados con bombillas frías.
Mírame regresando sobre mis pasos por otra festividad distraída. Yo que tanto temía de fronteras, de cimientos sólidos donde construir verdades, donde el amor no fuera una quimera. Ahora veo grúas que parecen cisnes por esta calle incierta donde tiritan todos los semáforos.
Que si, que eh sido feliz, me digo. Y lo seré probablemente cuando menos me lo espere, pero veo tantos corazones pensantes que podrían hablar si no estuvieran tan solos, si alguien los llamara para celebrar la vida.

TEMPESTAD Y CALMA.
Fue un espectáculo de inenarrable belleza. Ella y sus disposiciones. La insoportable iluminación de un ascensor no opacó las extrañas intenciones por las que dejó todo y ahora estaba ahí, viendo cerrarse esas puertas metálicas como cuchillas eliminando cualquier posibilidad de regresar, ya no le quedó otra que apretar el botón y sentir -en la soledad infranqueable de ese momento- cómo se elevaba hacia aquello que apenas podía construir como un pensamiento posible.
El futuro como maniobra ajena a las manos que sostenían nerviosas un puñado de aire y nada más, el espejo irritante, el reflejo ajeno que decía al mismo tiempo “frena y baja, sigue y sube, camina, detente, habla, calla, desea, no sientas”, eran como los elementos dentro de una caja sin entrada ni salida, y si ya estaba ahí no quedaba más que salir cuando el aparato se detuvo en el piso escogido. En su estómago habitaban al mismo tiempo venados y lagartijas, conejos y gavilanes, gaviotas y buitres. Caminó por el pasillo buscando la letra correcta, y a cada paso se decía “qué haces aquí, qué vas a decir, qué vas a escuchar, qué vas a mover, qué vas a recoger”, todas esas frases posibles dispuestas en un mismo plano, el arte de la espontaneidad reducido a un procedimiento aduanero; y las palabras congestionadas en la garganta como cajas de encomienda en época navideña. Recorrió en casi tres minutos ese pasillo reflexionando taciturna que jamás, nadie, nunca le provocó semejante cantidad de sensaciones al mismo tiempo.
Llegó a la puerta, suspiró y se resignó a la exposición de sus penumbras. Tocó el timbre, el tiempo se detuvo y la puerta se abrió, él la abrió. El miedo a ser recibida por esa mirada de cazador cauteloso a la espera de su presa se desvaneció con una sonrisa de bienvenida que iluminó todo el ambiente. Se sintió flotar en esa inmensidad y se dijo a sí misma “¿qué hay detrás de esa mirada?”, y aquel reflejo en el espejo del ascensor aún dentro de ella, le respondía: “tal vez algo depravado, ¿no sientes que está ahí esperando por ti para devorarte?”; pero ni ella entraba, ni él la invitaba a pasar. Quizás ninguno sabía qué hacer en ese momento, quizás ambos estaban sorprendidos de que ella estuviese ahí, con dos pretextos, dos libros, dos regalos, dos pases a bordo, dos delitos.
Hizo un gesto, una sonrisa, un movimiento con las manos, y dijo: “¿quieres entrar?”. Ella pensó: “laberinto de mundos para entrelazar, tanta belleza en dos ojos, en una sola boca. No digas nada, no hay nada qué decir cuando hay una orden suprema que sólo hay que obedecer”. Y ella entró. Y convertida en olas de mar, sucumbió ante la callada sabiduría de las manos de un dios de arena. Y así, ceremonial, el movimiento de arena, olas, espuma, hicieron de la marea un temblor mutuo y ambos -como tallo y estaca- se sostuvieron para no caer en la certidumbre de las cosas precisas y comprimidas, porque en aquel vaivén musical conspiraba la necesidad de adentrarse en mundos sin perímetros y bailar hasta el cansancio. Y así fue, tal como el sonido del mar, lleno de bramidos y susurros. De tempestad y calma.
